"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

25 mar. 2018

Aprendices de la costura


En el mismo instante en que se puso de moda ese reality en televisión que se llama “Maestros de la costura” me di cuenta de que aquello era una nueva oportunidad en mi incansable búsqueda del amor carnal. Para quien no lo conozca el reality consiste en saber quién es el menos malo cosiendo en una dinámica parecida a ese otro reality que consiste en averiguar quién es el menos malo cocinado. ¿Por qué escogí la costura y no la cocina? En primer lugar, en los talleres de costura solo hay mujeres que saben hacer maravillas con sus manos y hombres de dudosa heterosexualidad. El escenario perfecto para un depredador como yo que últimamente solo sobrevive sorbiendo agua de charca y comiendo animales muertos.

Decidí que me apuntaría a un taller de costura en el convencimiento de que todas las mujeres comenzarían a enhebrar con fuerza sus agujas al contemplar al único macho heterosexual de su particular mundo. ¿Qué podía fallar? Como siempre: todo.

Comencemos por el grupo, formado por Antonia (56 años y con tanta laca en el pelo que ella sola podía acabar con la capa de ozono), Adriana (58 años, obsesionada por el yoga y los gatos), Susana (55 años, con una pierna de madera y los labios pintados de un rojo tan intenso que parecía anunciar que tarificaba el amor), Paquita (85 años y con un Parkinson que le permitía el milagro de enhebrar una aguja en apenas 45 minutos), Roser (62 años, vestida como una hippy y con un peinado de rastas que tenía más mierda que un vertedero ilegal) y la profesora que se llamaba Alicia y era la única joven del grupo, o al menos era la más joven a sus 49 años, (demérito del resto, claro).

Por supuesto, dirigí toda mi atención hacia la profesora, aunque pronto averigüé que no es buena idea hacer proposiciones deshonestas desde el minuto uno a alguien que lleva un alfiletero colgado del brazo. Las agujas duelen, aunque duele más aun el rechazo.

Menuda decepción ¡aquellas personas estaban allí para aprender a coser! ¿Quién diablos se apunta a un curso donde hay otras personas si no es para encontrar el amor horizontal? Pues resultó que todas aquellas mujeres estaban allí para coser y se suponía que yo debía hacer lo mismo. Quizás con un poco de paciencia conseguiría mi objetivo que no era bordar sino abordar.

Cogimos todas nuestras agujas y comenzamos a aprender el noble arte de la costura, no obstante, no hay nada más peligroso que una aguja en manos de un completo gilipollas. A la primera de cambio, la aguja penetró dolorosamente en mi pulgar lo que me hizo saltar de la silla y, debido a mi elefantiásico volumen, derribe todo cuanto encontraba en mi camino con el resultado que clavé una aguja de coser en el muslo de Antonia, la otra aguja del brazo de Adriana, cientos de agujas salieron volando de un costurero clavándose en la desastrosa anatomía de Susana, la cesta golpeó en la cabeza a Roser y, del susto, la profesora Alicia se agujereó un dedo con la aguja de la máquina de coser.

¿Y Paquita? bueno, la semana pasada fuimos al entierro de la más anciana del grupo, al parecer unas afiladas tijeras pueden volar por toda una habitación y acabar clavándose en la más anciana del grupo. Darwin tenía razón, la selección natural hace su trabajo sin dudarlo. ¿Por qué fui al entierro? En cierta manera yo fui el culpable de que todas asistiesen llenas de tiritas, vendaje, yesos e incluso un parche. Todas me miraban mal mientras el cura loaba las virtudes de Paquita, Dios la tenga en su gloria. Pero acudí al entierro de todas formas, nunca se sabe dónde puede uno encontrar el amor, a pesar de las dificultades.


Por desgracia, encontré el amor en la persona del cura, aunque tampoco está uno en condiciones de escoger.



5 feb. 2018

Soy muy de Netflix




Soy muy de Netflix, lo cual es contradictorio, porque en Netflix no hay porno. Hay tetas y culos, aunque esas turgentes anatomías también están en Telecinco y desde que las mamachicho abandonaron la cadena, la he desintonizado. La realidad es que hay tetas por todos lados, menos en Instagram que tienen cientos de tetas pero con cuadraditos tapándoles los pezones. Si los extraterrestres llegasen pasado mañana a la hora de la siesta y viesen Instagram o Telecinco pensarían que todas las mujeres tienen cuadrados negros y que todos los hombres besamos a otros hombres y vestimos como nuestros abuelos.

Ahora que me releo, me doy cuenta de que el párrafo anterior podría ser tachado de machista y homófobo. No se equivocarían. Lo que hace tres o cuatro años era divertido (en mismo blog), ahora es políticamente incorrecto. Donde antes nos reíamos, ahora torcemos el gesto. ¿Hemos evolucionado o nos hemos vuelto completamente idiotas? Apuesto por lo segundo.

Soy muy de Netflix aunque sus series y películas sean como clonar a la oveja Dolly para continuar clonándola una y otra vez hasta desposeerla de toda personalidad. Al fin y al cabo, sigue siendo una oveja y sigue dando lana para el relleno del edredón. Ese es el éxito de Netflix, que calienta en las noches de invierno, aunque sepamos que el relleno es el clon de un clon. Pero hay muchas tetas, ciencia ficción de la mala y niños en bicicleta. Lo mejor de ambos mundos.

El otro día, en un bar, una muchacha hablaba de una película que había visto de Netflix, algo sobre unas niñas que cantaban en un campamento de monjas. Nada mas escuchar, salí corriendo hacia mi casa a ver la película y, para mi desgracia, comprobé que, efectivamente, era sobre unas niñas cantando en un campamento de monjas. Ni la mitad de media teta. Así que volví al bar y me enfrenté a la muchacha. “¿Cómo puede ser bueno algo donde no se vea un pezón?”. Ella argumentaba que era una de las películas del año mientras yo contraatacaba diciendo que sin tetas no hay éxito (ni paraíso). Ella me llamó machista y yo la llamé aburrida. No follamos, claro, aunque ambos llevábamos razón.

Soy muy de Netflix pero también soy muy del onanismo compulsivo, de no lavarse los dientes ni por navidad, de mentir a las mujeres para conseguir sexo, de la pizza recalentada, de darle la vuelta a los calzoncillos una vez a la semana y de hacer del alcohol mi única bebida (y comida). Soy un completo gilipollas porque ni tan siquiera he conseguido una suscripción gratuita a Netflix por hacer esta propaganda. Tambien soy completamente gilipollas porque, sinceramente, me importa un carajo a la velocidad que va el mundo y me importa un carajo lo políticamente correcto. 


24 ene. 2018

El conflicto catalán explicado por un completo gilipollas




Voy a intentar exponer aquí y ahora lo que significa el (mal) llamado “conflicto catalán” con el único propósito que comprendan lo que es y como sucede sin tener que preguntarle al chino del bar de la esquina (ese que lo sabe todo). Para redactar este texto he me he visto obligado a hacer un curso acelerado de historia en la web de Intereconomía porque hasta hace dos meses creía yo que lo del conflicto catalán hacía referencia a si el fuet era originario de Olot o de Vic. Pero, ante las adversidades: superación. Una advertencia: esto es un texto riguroso y desapasionado, basado en la realidad y alejado de toda ironía o metáfora. Si alguien se pica que sepa que el ajo contiene antioxidantes y ayuda a mejorar la circulación

Érase una vez un país donde una parte de los integrantes de una parte de ese país querían irse sin irse. O sea: quedándose. Todos tenemos derecho a, que me lo digan a mí los viernes de madrugada en la discoteca, aunque, por muy gilipollas que me considere, es quien soy y donde estoy y, como consecuencia, soy consciente que entablar relación carnal con mujer es tan sencillo como hacerme un selfie con el bosón de Higgs. Resulta que un día esos señores decidieron cumplir su palabra e irse, pero quedarse. Como cuando tu jefe te amenaza con despedirte y sonríes hasta que un día encuentras tu grapadora y tu cactus de plástico dentro de una caja y te dicen que devuelvas la acreditación en la recepción.

Hasta aquí todo muy normal.

Entonces, estos señores que querían irse/quedarse deciden que van a hacer una votación en el cuarto de contadores y que el presidente de la comunidad de vecinos no podrá impedirlo, que para algo la democracia es como tenerla más larga que el negro de Whatsapp. Entonces, el presidente de la comunidad (un tipo que camina rápido y camina raro) decide que el mejor diálogo consiste siempre en enviar a sus primos armados con porras (y con problemas para socializar) a dialogar a empujones frente a unos corderitos que pretendían meter un papelito en un contenedor de reciclaje. ¿Desde cuándo es delito meterla si te dejan meterla? ¡Eso es un milagro, señores y señoras! 

Hasta aquí todo muy normal.
 
A partir de ahí, las cosas se desmadran como cuando llega el momento “chupitos” en una despedida de soltera. Los que quieren irse/quedarse argumentan que el presidente de la comunidad es un fascista y añaden que todo aquel que no piense como ellos es también un fascista. Curiosamente, los otros dicen lo mismo. El enfrentamiento de siempre: o conmigo o contra mí. Y he aquí que por arte de la magia de salón que aparece una nueva carta en la manga: el llamado “equidistante”. Aquel que cuando le preguntan si desea muslo o pechuga se encoge de hombros porque, aunque sabe que va a comer pollo sí o sí, prefiere no escoger. Poco después el camarero le sirve un delicioso muslo de pechuga al horno que el equidistante come a regañadientes. O por decirlo de otra manera, el equidistante es ese conductor que prefiere romper el cárter de su coche perdiéndose en un camino rural a poner en marcha el GPS. Desde el punto de vista de los españolistas, el equidistante es un flojo cercano a los nacionalistas, un colaboracionista de un golpe de estado. Desde el punto de vista de los catalanistas, el equidistante es un colaboracionista del régimen nazi cercano a la solución final. Desde el punto de vista del equidistante, simplemente sigue sin entender porque el pollo tiene más muslos que pechugas.

Hasta aquí todo muy normal.

El siguiente paso fue que los secesionistas de la comunidad de vecinos (léase nacionalistas, republicanos, golpistas o socios del Barça) decidieron que, puestos a perder la guerra, iban a perderla batallando así que finalmente cumplieron su amenaza y abandonaron la comunidad para irse a tomar unas cañas de cerveza artesana del país (de su nuevo país, no del antiguo). Entonces, ese señor que camina rápido y camina raro se vistió de niño de San Ildefonso y comenzó a darle vueltas a un bombo y nos enteramos todos que el número agraciado fue el 155, que, aunque de feas formas, posee una bonita rima. A continuación, el cantante de los Beatles (el líder de los que se van/quedan que es quien paga las rondas) decidió que iba a exiliarse en una tienda de coles, juntos a otros amigos, con el único propósito de que el señor que camina rápido y raro no hiciese efectiva la rima del 155 en su propio trasero.

Hasta aquí todo muy normal.

Por supuesto, los reproches siguieron. Los rojos de la rosa se pincharon las manos con las espinas mientras practicaban el travestismo propio de la noche de Carnaval. Los morados continuaban haciendo honor a su nombre y hablaban como si hubiesen acabado con las existencias de la Bodega Trotski. Los naranjas se repeinaron para hacerse nuevas fotos para sus perfiles de Tinder. Y el resto acabó en la cárcel donde entendieron que la lucha y la ducha son dos conceptos igual de peligrosos.

Hasta aquí todo muy normal.

El señor que camina rápido y camina raro dijo que repetirían las elecciones: pero no las elecciones de la comunidad de vecinos (como debería haberse hecho) sino las elecciones para convertirse propietario de los pisos de los rebeldes. Después de una intensa campaña donde las televisiones competían en desinformación y la postverdad se hacía dueña de todo el edificio. Se hicieron elecciones y volvimos a la casilla de salida del Monopoly. El quinto Beatle seguía en la tienda de coles así que renovó su licencia de Skype mientras algunos de sus antiguos compañeros de colegio (ahora en prisión) le miraban mal. Algo normal, porque el líder de los presos era primo hermano de Fernando Trueba.

Hasta aquí todo muy normal.

¿Y ahora? Lo de siempre. El señor que camina raro y camina rápido (rodeado de amigos de lo ajeno) sigue caminando más rápido y más raro que nunca, aunque sin rumbo, como siempre, argumentando que, si los secesionistas la tienen como el negro de Whatsapp, él la tiene como la cruz de El Valle de los Caídos. El quinto Beatle sigue buscando un buen peluquero en Bruselas y teniendo sexo con su mujer por Skype. Los españolistas y los catalanistas siguen creyendo que ellos lo hacen todo bien y que los que no piensan como ellos lo hacen todo mal. Los equidistantes siguen encogiéndose de hombros cuando les preguntan si quieren muslo o pechuga. Y los que están en prisión se quejan porque el menú de la comunidad les provoca flatulencias.

Y, mientras tanto, la fachada sigue sin pintar. Bill Murray sigue despertándose el mismo día de la marmota. Y los payasos tenemos más competencia que nunca.

Hasta aquí todo muy normal.