"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla... está hecho" (Groucho Marx)

5 feb. 2018

Soy muy de Netflix




Soy muy de Netflix, lo cual es contradictorio, porque en Netflix no hay porno. Hay tetas y culos, aunque esas turgentes anatomías también están en Telecinco y desde que las mamachicho abandonaron la cadena, la he desintonizado. La realidad es que hay tetas por todos lados, menos en Instagram que tienen cientos de tetas pero con cuadraditos tapándoles los pezones. Si los extraterrestres llegasen pasado mañana a la hora de la siesta y viesen Instagram o Telecinco pensarían que todas las mujeres tienen cuadrados negros y que todos los hombres besamos a otros hombres y vestimos como nuestros abuelos.

Ahora que me releo, me doy cuenta de que el párrafo anterior podría ser tachado de machista y homófobo. No se equivocarían. Lo que hace tres o cuatro años era divertido (en mismo blog), ahora es políticamente incorrecto. Donde antes nos reíamos, ahora torcemos el gesto. ¿Hemos evolucionado o nos hemos vuelto completamente idiotas? Apuesto por lo segundo.

Soy muy de Netflix aunque sus series y películas sean como clonar a la oveja Dolly para continuar clonándola una y otra vez hasta desposeerla de toda personalidad. Al fin y al cabo, sigue siendo una oveja y sigue dando lana para el relleno del edredón. Ese es el éxito de Netflix, que calienta en las noches de invierno, aunque sepamos que el relleno es el clon de un clon. Pero hay muchas tetas, ciencia ficción de la mala y niños en bicicleta. Lo mejor de ambos mundos.

El otro día, en un bar, una muchacha hablaba de una película que había visto de Netflix, algo sobre unas niñas que cantaban en un campamento de monjas. Nada mas escuchar, salí corriendo hacia mi casa a ver la película y, para mi desgracia, comprobé que, efectivamente, era sobre unas niñas cantando en un campamento de monjas. Ni la mitad de media teta. Así que volví al bar y me enfrenté a la muchacha. “¿Cómo puede ser bueno algo donde no se vea un pezón?”. Ella argumentaba que era una de las películas del año mientras yo contraatacaba diciendo que sin tetas no hay éxito (ni paraíso). Ella me llamó machista y yo la llamé aburrida. No follamos, claro, aunque ambos llevábamos razón.

Soy muy de Netflix pero también soy muy del onanismo compulsivo, de no lavarse los dientes ni por navidad, de mentir a las mujeres para conseguir sexo, de la pizza recalentada, de darle la vuelta a los calzoncillos una vez a la semana y de hacer del alcohol mi única bebida (y comida). Soy un completo gilipollas porque ni tan siquiera he conseguido una suscripción gratuita a Netflix por hacer esta propaganda. Tambien soy completamente gilipollas porque, sinceramente, me importa un carajo a la velocidad que va el mundo y me importa un carajo lo políticamente correcto. 


24 ene. 2018

El conflicto catalán explicado por un completo gilipollas




Voy a intentar exponer aquí y ahora lo que significa el (mal) llamado “conflicto catalán” con el único propósito que comprendan lo que es y como sucede sin tener que preguntarle al chino del bar de la esquina (ese que lo sabe todo). Para redactar este texto he me he visto obligado a hacer un curso acelerado de historia en la web de Intereconomía porque hasta hace dos meses creía yo que lo del conflicto catalán hacía referencia a si el fuet era originario de Olot o de Vic. Pero, ante las adversidades: superación. Una advertencia: esto es un texto riguroso y desapasionado, basado en la realidad y alejado de toda ironía o metáfora. Si alguien se pica que sepa que el ajo contiene antioxidantes y ayuda a mejorar la circulación

Érase una vez un país donde una parte de los integrantes de una parte de ese país querían irse sin irse. O sea: quedándose. Todos tenemos derecho a, que me lo digan a mí los viernes de madrugada en la discoteca, aunque, por muy gilipollas que me considere, es quien soy y donde estoy y, como consecuencia, soy consciente que entablar relación carnal con mujer es tan sencillo como hacerme un selfie con el bosón de Higgs. Resulta que un día esos señores decidieron cumplir su palabra e irse, pero quedarse. Como cuando tu jefe te amenaza con despedirte y sonríes hasta que un día encuentras tu grapadora y tu cactus de plástico dentro de una caja y te dicen que devuelvas la acreditación en la recepción.

Hasta aquí todo muy normal.

Entonces, estos señores que querían irse/quedarse deciden que van a hacer una votación en el cuarto de contadores y que el presidente de la comunidad de vecinos no podrá impedirlo, que para algo la democracia es como tenerla más larga que el negro de Whatsapp. Entonces, el presidente de la comunidad (un tipo que camina rápido y camina raro) decide que el mejor diálogo consiste siempre en enviar a sus primos armados con porras (y con problemas para socializar) a dialogar a empujones frente a unos corderitos que pretendían meter un papelito en un contenedor de reciclaje. ¿Desde cuándo es delito meterla si te dejan meterla? ¡Eso es un milagro, señores y señoras! 

Hasta aquí todo muy normal.
 
A partir de ahí, las cosas se desmadran como cuando llega el momento “chupitos” en una despedida de soltera. Los que quieren irse/quedarse argumentan que el presidente de la comunidad es un fascista y añaden que todo aquel que no piense como ellos es también un fascista. Curiosamente, los otros dicen lo mismo. El enfrentamiento de siempre: o conmigo o contra mí. Y he aquí que por arte de la magia de salón que aparece una nueva carta en la manga: el llamado “equidistante”. Aquel que cuando le preguntan si desea muslo o pechuga se encoge de hombros porque, aunque sabe que va a comer pollo sí o sí, prefiere no escoger. Poco después el camarero le sirve un delicioso muslo de pechuga al horno que el equidistante come a regañadientes. O por decirlo de otra manera, el equidistante es ese conductor que prefiere romper el cárter de su coche perdiéndose en un camino rural a poner en marcha el GPS. Desde el punto de vista de los españolistas, el equidistante es un flojo cercano a los nacionalistas, un colaboracionista de un golpe de estado. Desde el punto de vista de los catalanistas, el equidistante es un colaboracionista del régimen nazi cercano a la solución final. Desde el punto de vista del equidistante, simplemente sigue sin entender porque el pollo tiene más muslos que pechugas.

Hasta aquí todo muy normal.

El siguiente paso fue que los secesionistas de la comunidad de vecinos (léase nacionalistas, republicanos, golpistas o socios del Barça) decidieron que, puestos a perder la guerra, iban a perderla batallando así que finalmente cumplieron su amenaza y abandonaron la comunidad para irse a tomar unas cañas de cerveza artesana del país (de su nuevo país, no del antiguo). Entonces, ese señor que camina rápido y camina raro se vistió de niño de San Ildefonso y comenzó a darle vueltas a un bombo y nos enteramos todos que el número agraciado fue el 155, que, aunque de feas formas, posee una bonita rima. A continuación, el cantante de los Beatles (el líder de los que se van/quedan que es quien paga las rondas) decidió que iba a exiliarse en una tienda de coles, juntos a otros amigos, con el único propósito de que el señor que camina rápido y raro no hiciese efectiva la rima del 155 en su propio trasero.

Hasta aquí todo muy normal.

Por supuesto, los reproches siguieron. Los rojos de la rosa se pincharon las manos con las espinas mientras practicaban el travestismo propio de la noche de Carnaval. Los morados continuaban haciendo honor a su nombre y hablaban como si hubiesen acabado con las existencias de la Bodega Trotski. Los naranjas se repeinaron para hacerse nuevas fotos para sus perfiles de Tinder. Y el resto acabó en la cárcel donde entendieron que la lucha y la ducha son dos conceptos igual de peligrosos.

Hasta aquí todo muy normal.

El señor que camina rápido y camina raro dijo que repetirían las elecciones: pero no las elecciones de la comunidad de vecinos (como debería haberse hecho) sino las elecciones para convertirse propietario de los pisos de los rebeldes. Después de una intensa campaña donde las televisiones competían en desinformación y la postverdad se hacía dueña de todo el edificio. Se hicieron elecciones y volvimos a la casilla de salida del Monopoly. El quinto Beatle seguía en la tienda de coles así que renovó su licencia de Skype mientras algunos de sus antiguos compañeros de colegio (ahora en prisión) le miraban mal. Algo normal, porque el líder de los presos era primo hermano de Fernando Trueba.

Hasta aquí todo muy normal.

¿Y ahora? Lo de siempre. El señor que camina raro y camina rápido (rodeado de amigos de lo ajeno) sigue caminando más rápido y más raro que nunca, aunque sin rumbo, como siempre, argumentando que, si los secesionistas la tienen como el negro de Whatsapp, él la tiene como la cruz de El Valle de los Caídos. El quinto Beatle sigue buscando un buen peluquero en Bruselas y teniendo sexo con su mujer por Skype. Los españolistas y los catalanistas siguen creyendo que ellos lo hacen todo bien y que los que no piensan como ellos lo hacen todo mal. Los equidistantes siguen encogiéndose de hombros cuando les preguntan si quieren muslo o pechuga. Y los que están en prisión se quejan porque el menú de la comunidad les provoca flatulencias.

Y, mientras tanto, la fachada sigue sin pintar. Bill Murray sigue despertándose el mismo día de la marmota. Y los payasos tenemos más competencia que nunca.

Hasta aquí todo muy normal.


21 ene. 2018

Gilipollas, el retorno






Lo sé, mis queridos animales de compañía, hace mucho que no escribo en este blog y comprendo por qué la adición a mis historias (o la ausencia de ellas) haya generado un masivo movimiento en redes sociales clamando por mi vuelta. Bueno, en realidad solo me lo ha pedido una persona en un año, pero aun y así, supera mi marca personal sexual del 2017.

¿Por qué hace tanto que no escribo? Proyectos personales, mi depilación semanal de espalda y una masturbación compulsiva me han tenido ocupado. Lo siento. O no. ¿Qué ha sucedido durante todo este tiempo? Muchas cosas y casi ninguna buena, aunque no me quejo porque esa ha sido siempre mi vida: picando piedra en lo más profundo de la mina. 

Lo más curioso es que, puestos a retomar la narración de mis aventuras, me encuentro que en un año han cambiado tanto las cosas y la sociedad está tan cambiada que lo que antes era sarcasmo ahora puede resultar ofensa. ¿Tiene sentido entonces seguir siendo yo mismo? Claro que no. Pero alguien ha de ser él mismo en una sociedad tan hipócrita como la nuestra. Y ese soy yo.

Les voy a contar algo que me sucedió no hace demasiado: como ustedes saben (o deberían) yo vivo en Barcelona, ciudad ahora convulsa donde las haya. Nací aquí (soy catalán, ese es mi pecado), siempre he vivido aquí y espero no morir aquí sino en una playa de las Bahamas rodeado de macizas convenientemente desvestidas. Caminar por Barcelona se ha convertido en lo más parecido a entrar en el museo de Harry Potter, todo son banderitas, gente disfrazada, símbolos pintados por todos lados y gente haciendo y diciendo estupideces. Como ustedes saben (o deberían) no soy independentista ni españolista, tampoco soy equidistante. Yo soy de esos que se arriman al árbol que mejor les cobija, o sea, que si una mujer me dice que es independentista yo alzo mi puño y grito “Free Junqueras” y si me dice que es españolista yo hago una ardiente defensa de la aplicación del 155. Si me dice que es equidistante… me quedo callado. ¿Cómo ligar con una equidistante? Y es que ese fue el problema.
La encontré en un bar, era una mujer razonablemente hermosa lo que significa que, bajo mis hambrientos patrones, era ella la mujer más hermosa del mundo (recuerden: yo disparo a todo lo que se mueve). Como buen estratega debo reconocer el campo de batalla antes de enviar a mis soldados así que, mientras me acercaba a ella e intenté adivinar que tendencia política tenía, ya saben: el lacito amarillo, una estelada, un pin de una bandera española, un llavero de franco, una barretina, una foto dedicada de Aznar, un plato de calçots… pero no: nada en ella me dio la menor pista así que me limité al consabido “buenos días” (traducción: “te quiero empotrar”)  y pregunté si tenía fuego. Esta es una táctica que siempre funciona, o am menos funcionaba hasta hace más de ocho años porque ahora ya no se puede fumar en los bares. El dueño me dijo que guardase mi cigarrillo y la mujer me miró como si yo acabase de asesinar a un bebé en un altar. ¿Y si era una de esas veganas que practican yoga y comen quinoa a todas horas? “Soy gilipollas y equidistante”, dije en un último intento por llamar su atención. “¿Ambas cosas van unidas?”, contestó ella. Primer asalto y casi fuera de combate, aunque conseguí levantarme, limpiarme la sangre y continuar la pelea.

De ese encuentro solo puedo recomendarles algo: nunca mezclen política con sexo. Los políticos no follan a todas horas e incluso, alguna vez, nosotros podemos follarles a ellos. Pero sea como sea, nunca hablen de política en los preliminares. Yo lo hice, estuve hablando de política con aquella mujer durante más de una hora, asintiendo a todo, diciendo que unos y otros eran lo peor, diciendo que sentía una absoluta indiferencia por los patriotismos, fingiendo asco o admiración según intuía lo que ella quería decir. Fue una de las mejores conversaciones que he tenido nunca, una pieza de orfebrería manufacturada con sustantivos, verbos, preposiciones, artículos y un montón de mentiras.

Y, cuando creía que era mía. Ella se levantó y se fue sin decir nada. ¿Qué había sucedido? Imaginé miles de motivos: desde mi halitosis crónica, a la caspa que caía de mi cabeza en su bebida, puede que fuese porque no dejaba de mirarle los pechos o porque un gran moco colgaba de mi nariz. 

Aunque prefiero creer que fue porque ella con en el sexo era como nosotros con la política, o como yo con las mujeres: unos completos gilipollas.


Sé que no ha sido un magnífico retorno, pero he vuelto.